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Despierta la música al gigante dormido

La ciudad que nunca duerme cayó en un letargo de más de un año, y también cayó en medio de una pesadilla ensordecedora que paralizó el bullicio y la premura agresiva de la metrópoli. Más de cuarenta mil muertes forzaron el cierre y en muchos casos la desaparición de restaurantes y bares. Galerías y teatros de Broadway, museos, festivales y salas de conciertos, universidades y conservatorios fueron cubiertos por la sombra de la pandemia, como en todas partes, pero peor que en muchas partes. Las familias que más sufrieron fueron las de minorías afroamericanas y el creciente número de Latinx, como aquí nos llaman, aunque sabemos que somos boricuas, mexicanos, colombianos, o más específicamente chilangos, oaxaqueños o poblanos. Fueron estas las comunidades que más luto vivieron en los días oscuros, las que continuaron su trabajo en hospitales y servicios de limpieza, en entrega de comida, en mantener la capital del mundo en cuidados intensivos. También los últimos en ser vacunados o atendidos en esos mismos hospitales. Ahora se vuelve a escuchar el español en las construcciones y las filas afuera del Consulado Mexicano, o en las iglesias que ofrecen comida gratis.

Pero el gigante despierta y su gran orquesta, la Filarmónica de Nueva York, ofreció sus primeros conciertos con público, al aire libre, todos rigurosamente vacunados, en Bryant Park, el hermoso espacio verde que colinda con la Biblioteca Pública, un parque que celebra a Tesla, el científico austriaco que murió en esta ciudad, y a Benito Juárez y otros héroes del continente. Los asistentes, que agotaron las entradas gratuitas en pocas horas, llegaron con antelación a sentarse en sillas, o en el pasto o alrededor de una manta, con sandalias o zapatos festivos, como en un picnic en el que la música es el plato fuerte de la fiesta.

Después de un año de no tocar juntos, los músicos dejaron su encierro con cautela y entusiasmo, dejaron sus nuevos intereses en hornear pan o tallar madera y empuñaron sus instrumentos. El apoyo de un par de filántropos les permitió seguir recibiendo una parte de sus salarios, mientras sus vecinos de la ópera, del famoso MET, se quedaron prácticamente sin ingresos y no tienen planes seguros para una reapertura. Otros tiempos, otros espacios, otros públicos, otros repertorios. En el podio de Mahler y Toscanini, de Bruno Walter y Bernstein, se yergue una joven colombiana de apenas 34 años, se llama Lina González Granados, llegó hace más de una década a Niuyol, pero finalmente fue en Boston donde estudió una maestría y luego un doctorado, sobreponiéndose a numerosos obstáculos y donde fundó una orquesta dedicada a interpretar música de América Latina, Unitas Ensemble. Una aclaración en ejercicio de la transparencia: mi esposa Marisa Canales fue solista en su primer concierto con el Danzón No. 3 de Arturo Márquez y produjo su primera grabación, con Saul Bitran y el Cuarteto Latinoamericano como solistas. El talento y perseverancia de Lina le han permitido ganar infinidad de premios internacionales, ser directora afiliada de las orquestas de Filadelfia y Chicago, invitada a dirigir la Nacional de España, San Francisco y en un sinnúmero de capitales musicales interesadas en la vitalidad y poesía de su batuta. Por supuesto no puedo ser objetivo al haber sido uno de sus tempranos mentores en Boston, pero nombres ilustres como Marin Alsop, Haitink, Muti y Nézet-Séguin son sus principales referencias

Manuel Lin Miranda reinventó la comedia musical con Hamilton, el musical que popularizó al prócer nacido en 1775 en las “Indias occidentales”, quien llegó a estas tierras a escribir páginas tempranas de su historia independiente. Diez años antes, también en el Caribe, nació un genial violinista, compositor y espadachín que cobró en París fama extraordinaria, Joseph Boulogne, Chevalier de Saint Georges. El concierto inició con su Segunda Sinfonía, Lina y sus huestes dieron aliento y vida a esta obra del primer compositor negro que recuerda la historia de la música, apenas un año y días después de que un policía en Mineápolis asfixiara a George Floyd. Excelente elección para un programa ecléctico que concluyó con Mozart. Más de un escritor se ha referido al olvidado “Chevalier de Saint Georges” como “el Mozart Negro”. La orquesta demostró elegancia y flexibilidad en una obra donde el cuidado del gesto musical y la atención al diálogo ilustrado de cada instrumento es más importante que el requerido virtuosismo de cada instrumento.

Inspirado en la música de Bach, Stravinski escribió obras íntimas en su llamado periodo neoclásico. Sobresale el Concierto Dumbarton Oaks, nombre de la mansión en Washington, D.C. donde se realizaron las primeras charlas que llevarían a consolidar a la Organización de las Naciones Unidas. Es una obra de cámara que reclama dexteridad gimnástica y transparencia, firmeza rítmica y minucia en la articulación, sin distraerse de las grandes líneas que trazan su expresivo lirismo. Los filarmónicos y González Granados lograron una versión luminosa que sólo nos dejó la duda de por qué no se toca esta partitura con más frecuencia, mientras el público ya estaba inmerso en el entusiasmo de esta fiesta de los sonidos.

Si ahora son los hispanos la minoría más nutrida de la ciudad, en otros tiempos lo fueron los irlandeses y después los italianos. Siguió el concierto con una obra del Italo-americano Giuseppe Guttoveggio. Claro, con ese nombre no podía aspirar a nada, por eso se lo cambió por el de Paul Creston. Otro tanto le sucedió a Ruth Crawford Seeger, quien usó el nombre Crawford Seeger para ocultar su identidad como mujer, igual que Mel Bonis en Francia, pues en aquellos años posteriores a la pandemia de 1920, ¿quién querría publicar o tocar la música de una mujer? Y menos de una izquierdista radical y ¡ultramodernista! Su simpática partitura Rissolty, Rossolty fue la respuesta a un miembro del público que le pidió escribiera obras que todos pudieran disfrutar, y ella mezcla con humor su interés por la música tradicional de Estados Unidos con su genial originalidad, como en nuestros días lo hacen Gabriela Ortiz o Gabriela Lena Frank, compositoras que Lina González dirige con entusiasmo y frecuencia, pero Crawford Seeger no fue la única mujer en el programa. Una joven compositora de apenas 14 años, parte del programa de educación de la NY Phil, Ilana Rahim-Braden, nos ofreció una brevísima partitura titulada I Am Composition, but Stronger. Queremos escuchar más obras de ella en el futuro. La inclusión de su obra no es sólo parte de la curación espiritual de la ciudad, sino también una manifestación de que esta orquesta despierta a una nueva realidad en la que las mujeres juegan un papel largamente anhelado de liderazgo transformador. Al frente de la organización está de nuevo Deborah Borda, sin duda la figura más poderosa de la actualidad en la música de concierto, que transformó a la Filarmónica de Los Ángeles y construyó en buena parte la preeminencia de Gustavo Dudamel. Ex-colaboradoras de Borda están ahora al frente de las orquestas de Los Ángeles, Boston y otras grandes capitales musicales de la Unión Americana, mientras el liderazgo vertical, machista y rígido de otras instituciones las ha puesto en peligro de perecer.

La tarde estaba fresca y los últimos colores del sol se reflejaban en los rascacielos que rodean el parque cuando empezó a resonar el drama de la Sinfonía 25 de Mozart en sol menor. En ocasiones se escuchaban motocicletas y ambulancias, pero a mí no me molestaron, lo comenté con el co-presidente del Consejo de la Filarmónica sentado junto a nosotros, con sana distancia. En las sombras de esta sinfonía están el dolor y la desesperanza, el enojo y la belleza de paredes grafiteadas, del heavy metal y del hip hop, y del áspero son jarocho de “Las Cafeteras” de East LA, y la orquesta no puede despertar solamente a los abonados de su sala de conciertos en Lincoln Center, sino a nuevos públicos que habían sido marginados, esto requiere nuevos repertorios, nuevas batutas y nuevos espacios y canales de comunicación. El público de pie que ovacionó a la joven directora colombiana en su debut y a la entrañable orquesta, lo subrayaba con entusiasmo.

Los marmóreos leones que flanquean la entrada a la Biblioteca, bautizados como “Paciencia” y “Fortaleza” fueron testigos de la metamorfosis, montones de basura, food trucks de comida mexicana y griega, coreana o de Medio Oriente, personajes vociferando a sus teléfonos o sus fantasmas en cada esquina, grupos de jóvenes ávidos de fiestas inconclusas, un inconfundible olor a la ahora legal mariguana, el cilantro y la cúrcuma, la cebolla y el café y el calor dulzón que emanan las estaciones de Metro y las atarjeas nos confirmaban que la ciudad había despertado, pero el recuerdo del concierto nos confirmaba que ya no era, ya no podía ser la misma, se requieren hoy como en 1920 ambas virtudes, paciencia y fortaleza.

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